¿Qué puede usted hacer para criar a niños felices, saludables y productivos?. La respuesta puede sorprenderlo. Tiene que cambiar la forma en que se  desarrolla el cerebro de su hijo”. Lawrence Shapiro.

 La educación puede definirse como el medio más adecuado y el proceso de socialización de los individuos a través del cual se desarrollan capacidades físicas e intelectuales, habilidades, destrezas, y formas de comportamiento. En definitiva trata de construir la personalidad del educando, desarrollando al máximo sus capacidades para poder conformar su propia identidad personal y configurar su comprensión de la realidad. Al educarse, una persona asimila y aprende conocimientos. La educación implica una concienciación cultural y conductual, siendo el medio de transmisión y de renovación de la cultura, gestando la posibilidad de apropiarse de un legado cultural para enriquecerlo a través del desarrollo de las capacidades propias e inherentes a las diversidades.

Como define la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE). “Una buena educación es la mayor riqueza y el principal recurso de un país y de sus ciudadanos” y es el medio más adecuado para garantizar el ejercicio de la ciudadanía democrática, responsable, libre y crítica, que resulta indispensable para la constitución de sociedades avanzadas, dinámicas y justas.

            Son varias las definiciones que existen de educación, pero en todas ellas aparece latente la idea de canalizar el conjunto de aprendizajes logrado por el sujeto a la excelencia personal. El sistema no se corresponde con un conjunto de aprendizajes estables, es un sistema dinámico, en continuo cambio y modificándose por su continua interacción con el ambiente. De esta interacción aparecen nuevos aprendizajes que al integrarse en el sistema da como resultado una evolución permanente. Aquí es donde radica la fuerza de la educación en la posibilidad de conducir los aprendizajes en la línea del desarrollo hacia un mayor éxito. Educar es ayudar a aprender y el aprendizaje es la razón de ser de la educación o centro de interés respecto al que gira toda acción educativa.

Los conocimientos adquiridos por la Neurociencia en los últimos años a partir del desarrollo de las tecnologías de observación cerebral y más en concreto sobre la naturaleza del aprendizaje, sobre dónde y cómo se producen, su conservación, recuperación, sobre sus peculiaridades a lo largo del ciclo vital, etc… ha llevado a que muchos educadores y científicos se hayan planteado la necesidad de aprovechar esos hallazgos en el bien de la educación.

            MBE (iníciales de su denominación en ingles Mind, Brain, and Education) es el nombre con el que se ha denominado el puente para transferir los descubrimientos neurocientíficos a la mejora de la educación. Puente por el que fluirá de manera continua y de forma bidireccional la información necesaria para apoyar las políticas y prácticas educativas basados en los conocimientos sobre el cerebro y para, desde el conocimiento educativo ayudar a dirigir la investigación neurocientíficas hacia aéreas más relevantes.

            El objetivo de la actividad científica del MBE, es la construcción de una ciencia del aprendizaje capaz de fundamentar una práctica educativa más eficaz y eficiente con un enfoque trasndisciplinar, que consiste en una aproximación para poder examinar y resolver problemas complejos mediante el esfuerzo colaborativo de distintos participantes de diversa procedencia, reconociendo que el conocimiento es algo que se construye a nivel de grupo y no como producto de una actividad individual. Esto es que el tipo de conocimiento que se persigue no es la suma de conocimientos individuales proporcionados por expertos o grupos especializados en diversas aéreas, sino un nuevo conocimiento que surge de la interacción de personas diversas dentro de un grupo nuevo. Lo que conecta a estos participantes es un tema común al que todos aplican su propia particular preparación con el fin de llegar a un entendimiento global del tema. Se crea un nuevo campo de estudio, con sus propias estructuras conceptuales, a partir de la cooperación activa y la fusión de disciplinas diferentes conectadas y elevadas a una nueva disciplina.

            Este siglo XXI es el siglo del cerebro. Al igual que el pasado fue el del ADN, las TIC han configurado una sociedad hiperconectada en red, que aclara la calígine ignorante sobre nuestro cerebro. Los avances de las técnicas para visualizar la actividad cerebral han abierto una ventana al computador humano más viejo de la historia.

Hasta ahora, lo que sabíamos acerca de cómo aprende el cerebro era una cuestión más relacionada con factores correlaciónales que con explicaciones directas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, parece que las relaciones de causalidad entre cerebro y aprendizaje están empezando a ganar terreno, aunque tímidamente, todo hay que decirlo.

El cerebro humano es extraordinariamente plástico, único y particular pudiéndose adaptar su actividad y cambiar su estructura de forma significativa a lo largo de la vida, aunque es más eficiente en los primeros años de desarrollo (periodos sensibles para el aprendizaje). La experiencia modifica nuestro cerebro continuamente fortaleciendo o debilitando las sinapsis que conectan las neuronas, generando así el aprendizaje que es favorecido por el proceso de regeneración neuronal llamado neurogénesis. Desde la perspectiva educativa, esta plasticidad cerebral resulta trascendental porque posibilita la mejora de cualquier alumno.

El hecho de que cada cerebro sea único y particular (aunque la anatomía cerebral sea similar en todos los casos) sugiere la necesidad de tener en cuenta la diversidad del alumnado y ser flexible en los procesos de evaluación. Asumiendo que todos los alumnos pueden mejorar, las expectativas del profesor hacia ellos han de ser siempre positivas y  no  le han de condicionar actitudes o comportamientos pasados negativos. Los docentes hemos de generar climas emocionales positivos que faciliten el aprendizaje y la seguridad de los alumnos.

Para ello hemos de mostrarles respeto, escucharles e interesarnos (no sólo por las cuestiones académicas), la empatía es fundamental para educar desde la comprensión. No es suficiente que pidamos a los alumnos que presten atención (“Mamá, no es que tenga déficit de atención, es que no me interesa” se leía en la camiseta de un reconocido investigador) sino que hemos de utilizar estrategias prácticas que fomenten la creatividad y que permitan a los alumnos participar en el proceso de aprendizaje sin ser meros elementos pasivos del mismo.

Francisco Mora (Granada, 1945), doctor en Neurociencia por la Universidad de Oxford y catedrático de Fisiología de la Universidad Complutense, ha publicado Neuroeducación (Alianza), un volumen con el que pretende desarrollar “las preguntas centrales que son de interés y preocupación en el mundo de la enseñanza a cualquier nivel y ayudar a desentrañar las claves de cómo contestarlas a la luz de los conocimientos más recientes de la neurociencia cognitiva.

 El científico señala que “los niños hoy aprenden, desde muy pronto, conceptos abstractos en habitaciones con ventanales sin mucha luz o luz artificial, con el rigor y la seriedad de maestros que se aleja de aquel “juego” primitivo que generaba aprender y memorizar de lo sensorial directo, “con alegría”, base de la atención y el despertar de la curiosidad”. Entender esto hoy en su raíz y desde la perspectiva de cómo funciona el cerebro y sacar ventaja de ello –afirma– “es un primer principio básico de la enseñanza con el que se puede llegar a aprender y memorizar mejor. Añade que “la neurociencia cognitiva ya nos indica, a través del estudio de la actividad de las diferentes áreas del cerebro y sus funciones que solo puede ser verdaderamente aprendido aquello que te dice algo, aquello que llama la atención y genera emoción y aquello que es diferente y sobresale de la monotonía”.

Henry Herbert Donalson neurólogo y doctor honoris causa, por las universidades de Yale y Clark, público The Growth of the Braim: A Study of the Nervous System in relation to education, donde se acerca a los efectos de los factores biológicos como la acción inhibitoria del hambre y la fatiga sobre el aprendizaje y las consecuencias sobre el rendimiento de los principios cronobiológicos y los hábitos alimentarios.

Reuben Post Halleck profesor de educación secundaria remarca la importancia de la infancia temprana sobre el desarrollo mental, se trata de los efectos que sobre las habilidades cognitivas tienen los ritmos nutritivos y los periodos de actividad y descanso. Enfatiza el poder del medio ambiente y su influencia sobre la actualización de las capacidades potenciales y se dan recomendaciones para la mejora de la educación sobre la base de todos estos conocimientos.

En España, investigadores como José Ramón Alonso, Mª Cruz Sánchez Gómez o Francisco Rodríguez Santos han publicado trabajos recomendables en castellano. Si la química del aprendizaje es tan reconfortante a cualquier edad es porque existen distintos niveles de plasticidad cerebral a lo largo de toda la vida. Algo así como un espectro que varía en distintos momentos del ciclo vital pero donde la plasticidad está siempre presente de un modo u otro. Es consustancial a nuestro cerebro. Por lo tanto, aunque exista una plasticidad única en la etapa de la infancia y en los periodos críticos del crecimiento, existen distintos niveles o calidades de plasticidad cerebral a lo largo de toda nuestra vida y en distintas regiones cerebrales. De hecho, tan solo unos años después a la aparición de este informe, las investigadoras Sarah-Jayne Baklemore y Uta Frith, del Instituto de Neurociencia Cognitiva del University College de Londres, le pusieron más emoción al desarrollo del cerebro.

Es imposible controlar la rapidez con la que el mundo avanza. Somos espectadores de avances que no podíamos imaginar. Hoy nos encontramos en un mundo con tecnología y lo podemos comparar con hace unos años. Pero a pesar de estos avances han sido más los que hemos recibido de medicina, comunicación, seguridad y desarrollo. En todos, la tecnología ha aportado grandes progresos para potencializar prácticas, investigaciones y desarrollo. Pero la educación no ha sido una excepción; gracias a la tecnología de neuroimágenes se puede analizar en el instante lo que sucede en el cerebro mientras uno piensa, aprende, recuerda y hasta siente. Psicología, neurociencia y educación, educadores, psicólogos y científicos han aprovechado estos avances para actualizar una disciplina que ha permanecido igual en las últimas 5 décadas: la pedagogía. La ciencia de mente, cerebro y educación (MBE),  pretende relacionar tres disciplinas siendo cómplices en el aprendizaje y la enseñanza: psicología, neurociencia y educación. Esta unión ha permitido comprender mejor el cerebro para maximizar su funcionamiento. Maestros del mundo buscan modificar sus prácticas a través de capacitación y desarrollo profesional en las que adquieren herramientas y poder ofrecer a sus estudiantes las mejores experiencias de aprendizaje.

Anuncios